Lunes, 6 de Septiembre de 2010
Actualizado a las 14:27 h.
Noticias de La Laguna    


El silencio es un concepto de difícil definición porque el silencio a veces dice muchas cosas, como la obra de Pamuk que nos relata con un coro de voces, imitando a Faulkner, la Turquía de los 80 donde se muestra las luchas entre las derechas del conservadurismo otomano y las izquierdas comunistas.

Sin duda es una gran novela narrada en primera persona por los protagonistas, pero el personaje que llama la atención es la abuela Fatma que mientras los demás hablan, dialogan y le preguntan cómo se encuentra, ella habla con sus pensamientos y su marido que vive ya en el otro mundo del cementerio. Un marido que toda su vida fue la enciclopedia y la lucha por declarar, en un país como Turquía y siguiendo a Nietzsche, que Dios no existe, que Dios está muerto. Y es aquí donde a Pamuk, lo mismo que Solzhenitzyn, Pasternak y otros, le han otorgado el Nobel, es decir, el echar pestes de un régimen o una filosofía que no comulga con los valores de Tío Sam.

La Mariajo está harta de esta cantinela y piensa que lo verdaderamente importante es que lee y que a través de La casa del Silencio ella tiene la imagen de Turquía. La ve, la imagina, la idealiza y se ve a ella misma.

Se ve a ella misma en un monólogo interior cotidiano haciéndose preguntas y dándose respuestas de por qué hizo esto o aquello. Mientras los demás hablan, ella no escucha, sólo está con sonidos interiores que la trasladan a otro tiempo y a otro lugar. Mariajo vive en la novela porque sabe que la realidad no existe o no debe existir. Son las mentiras, los sueños y las ilusiones los que hacen que se mantenga de pie. En cuántos sitios ha estado por medio de poemas y narraciones. Conoce la ciudad de los rascacielos y de la Estatua de La Libertad en las páginas de Ventanas de Manhattan, Ciudad de cristal y Cuaderno de Nueva York, y también en el cinematógrafo de Woody Allen. Ha estado en Madrid, pero la conoce mejor a través de los cuchicheos y tertulias de Galdós y Umbral.

Lleva años intentando ir a Moscú y San Petesburgo y visitar plazas y museos pero se conforma con leer a Tolstoi y Turgueniev que le muestran los salones, guerras, contiendas, amores y desamores de tierras de zares y doncellas. Y luego termina por bajarse de internet unos cuadros de Malevich y Kandinsky para saborear junto con las cuerdas de Shostakovich los aires de Rusia.
Esteban Garcia Bacallado

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